Su esposa muerta regresaba por las noches para cuidar a sus hijos. Mira lo que su esposo tuvo que hacer…

“Ni la muerte podrá separarnos, siempre estaré con ustedes para darles el beso de las buenas noches y mi bendición”, fue lo último que Concepción dijo a sus hijas antes de dar su último aliento. Llevaba 6 meses luchando contra el cáncer de estómago, y luego de que en el hospital de San Juan Atenco le dijeron que no tenía salvación, decidió pasar sus últimos días en compañía de su familia.

Su esposo, Miguel, había dedicado su vida al campo, y ahora que estaba tan mal la situación económica; con trabajos había comprado las medicinas que hacían que su mujer no sintiera dolor. Por desgracia no tenía para el entierro ni para cremarla, por lo que la enterraron en el patio de la casa.

Las siguientes semanas fueron muy difíciles. Miguel no sabía qué hacer con su vida y, además, con las pequeñitas de 5 y 9 años que Concepción le dio. Sabía que tenía que ser fuerte, pero simplemente el hecho de dormir en la cama donde había muerto el amor de su vida lo hacía estar en vela toda la noche.
Dos semanas más tarde su vida poco a poco volvía a la normalidad, dejaba a sus hijas en la escuela y se iba a trabajar al campo; le hacía bien estar al aire libre y tener la mente ocupada, pero todo se complicó días después, a la hora de la cena…

“Oye, papá, ¿a ti también te visita mi mamita en la noche?”, le preguntó la más pequeña. La otra indicó a su hermanita que se callara, pero él estaba seguro de haber escuchado bien. Cuando la mayor fue al baño, Miguel dijo a su hijita que le explicara de qué hablaba. La niña le contó que cuando él apagaba la luz del cuarto su mamá entraba por la ventana para darles un beso de buenas noches y su bendición.

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La idea le revolvió el estómago pero estaba decidido a saber si era verdad, pues sus hijas jamás le habían mentido. Terminaron de cenar, se bañaron y las mandó a la cama, como siempre lo hacía. Al apagar la luz de su cuarto Miguel esperó unos minutos y entonces escuchó algo que le costaba creer: la ventana de la habitación se abrió y sus niñas empezaron a platicar con alguien. Se referían a ese ser como “mamita”, pero para él era imposible escuchar lo que el espíritu decía.

A la mañana siguiente, después de dejar a sus hijas, fue a la iglesia para hablar con el sacerdote, quien le dijo que debía actuar de inmediato pues el espíritu podría lastimarlo a él y a sus hijas, ya que Concepción estaba molesta por no poder salvarse del cáncer. “Un espíritu molesto es lo peor que puede haber en tu casa”, le advirtió el religioso.

Miguel se sentía culpable, sabía que si hacía lo que el padre indicó su esposa no volvería y sus hijas sufrirían de nuevo, pero si permitía que siguiera apareciendo jamás aceptarían lo sucedido, y estaban en peligro, pues otros espíritus podían seguir al de su mujer.

Lo primero fue poner rejas al lugar donde enterraron a Concepción. Después el padre bendijo la casa y el jardín, y prohibió al espíritu que entrara al lugar. El corazón de Miguel estaba hecho pedazos, sabía que su esposa estaba lista para descansar y que era lo mejor para su familia, a pesar del amor que sentía por ella.
La primera noche las niñas esperaban volver a estar con su madre, y aunque se escuchó en el jardín que alguien quiso forzar las rejas, el espíritu no apareció. Fue la primera vez que Miguel pudo descansar verdaderamente después de perder al amor de su vida.

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