Cesárea..esa bendita cicatriz que me permitió ser mamá!!

Mi hija estuvo cómodamente sentada hasta la semana 37 de embarazo y decidió acomodarse una madrugada de sábado tres días antes de cumplir la 38. En ese ínter, la señorita decidió que no se sentía cómoda en su nueva posición y quiso regresar a su cómodo sentado de días atrás. Esto sólo provocó que se le enredara dos veces el cordón y, sumado a eso, yo estaba perdiendo líquido amniótico. Así que no importó cual ilusionada estaba el lunes de que mis posibilidades de un parto natural aumentaban, el martes que cumplí 38 semanas de embarazo mi pequeña dijo: “mami, ya es hora de que me des la bienvenida”. Y nunca cuestioné la decisión de mi médico en quien confío ciegamente y a quien al día de hoy considero le debo la vida de mi pequeño dolor de cabeza. ¿Me frustró no poder tener un parto natural? Si. ¿Me siento menos mamá por ello? ¡De ninguna manera! Mi herida de la cesárea es la huella eterna que me recuerda día a día el infinito amor que le tengo a mis dos pequeñas; la prueba imborrable que en ocasiones me duele pero que me invita a recordar que recorrería mil veces el mismo camino con tal de tenerlas a mi lado.

Mentiría si les dijera que no hubiera dado lo que fuera por tener dos partos naturales en lugar de dos cesáreas. Poder experimentar lo que se siente pujar para que salgan de tu cuerpo, escuchar su llanto y poderlas cargar, tenerlas más cerca, no sé, realmente no sé lo que es y lo que se siente tener un parto natural. Lo que si he escuchado es que la recuperación es la mayoría de las veces mucho más rápida que una cesárea, y que pueden dejar a tu bebé más tiempo contigo pues no tienen que cerrarte una rajadota marca ACME (y aun así ves la herida y, al menos yo pienso, ¿neto de ahí las sacaste? ¿Cómo le hiciste?). Hubiera sido muy feliz de evitarme los malditos entuertos que en mi primer embarazo no me dejaban pararme de la cama y me hacían desear no caminar nunca más. Pero mi cuerpo no me dio esa opción, permítanme extender un poco el punto.

Mi primer cesárea fue hace dos años siete meses; como les expliqué al principio, mi hija venía con el cordón enredado dos veces. Creo que menciono constantemente a mi ginecólogo como un superhéroe ante mis ojos, que me dio un gran seguimiento con mis embarazos y como le debo que mis dos hijas estén sanas. Como parte de ese seguimiento, mi querido Carlos me mandó a hacer un estudio que se llama PSS (prueba sin esfuerzo) que, entre otras cosas, mide la frecuencia cardíaca del bebé y las contracciones de la mamá. En mi caso, la prueba fue para ver si mi cuerpo, y mi hija, eran candidatos para un parto natural o si la mejor opción era una cesárea. Yo tenía contracciones altísimas y, literal, casi no las sentía y no me dolían. Eran como una punzada en la espalda, como cuando empiezas a sentir cólicos en tu periodo. La peor parte no era esa, sino que cada vez que la contracción entraba, mi hija en vez de acomodarse se subía, y su frecuencia cardíaca era sumamente baja.Al tener el cordón enredado y ella intentar encajarse, se estaba ahorcando. Nunca voy a olvidar esa llamada con mi médico camino al hospital: “Creo que no entendiste lo que la doctora te dijo, tu bebé se está muriendo, tiene que nacer AHORA”. Estaba a menos de 15 minutos del hospital y se me hicieron eternos. Mi papá acompañándome pues yo estaba convencida de que todo estaba en orden y no quise que mi esposo pidiera permiso para salir de la oficina por lo mismo. Llegamos al hospital y lo primero que sentí fue la mano de Carlos llevándome al elevador: “Tú te vienes conmigo, señor usted hace el registro”. Y con la misma tal cual dejé a mi papá y me fui con él, que me prometía que todo iba a estar bien. El resto del tiempo se fue en mi mamá calmándome y después yo haciendo lo propio con mi hermana que estaba en el DF (perdón Ciudad de México) mientras me ponían el catéter, volverme a poner nerviosa porque mi esposo no pasaba a quirófano, y 45 minutos después de haber ingresado escuchaba el llanto de mi perfecta y hermosa hija. Me traumó tanto lo de si no nace ahora se muere que cuando fui a que me quitara los puntos le reclamé, y su respuesta me dejó con el ojo cuadrado. Una semana antes de que mi pequeña naciera, le pidieron que bajara a quirófano a apoyar a un colega, cuando entró a sala de labor se encontró con un cuadro Dantesco que incluía al médico llorando; no había nada que hacer, mamá y bebé habían fallecido. Las circunstancias eran las mismas que las mías pero no se actuó a tiempo. “Si el precio para que estés aquí con esta hermosa beba es que me reclames porque te asusté lo volvería a hacer. Uno nunca sabe cómo va a actuar una mamá primeriza que se siente bien porque no entiende la gravedad de las circunstancias”. No podía dejar de llorar después de eso, entre la impresión de lo que le pasó a la otra familia y el agradecimiento eterno por haber actuado a tiempo y que mi familia estuviera sana y salva. Recuperación tardada, pies hinchados y cuarentena completa en planta alta, pero lo valieron 100%. Y déjenme decirles que, todavía más que los entuertos, lo que más me dolía pasada la cesárea era que tenía las uñas de los dedos de los pies enterradas jajaja. Debo haber despertado a mi esposo por lo menos cinco veces para que me pusiera xilocaina en el dedo porque no aguantaba el dolor y no me dejaba dormir.

TE PUEDE INTERESAR:  Nuevo Mensaje del Papa: “La mujer no debería LAVAR los platos. Ella está para dar toda su…

Cuando supe que estaba embarazada de nuevo, pensé que sería mi oportunidad de tener un parto natural, pero mi ginecólogo rompió mis ilusiones. Con unos argumentos muy lógicos que dos semanas antes me había dicho una amiga del gimnasio que es ginecóloga: “por lo que me platicas y tus antecedentes dudo mucho que tengas un parto natural o que te dejen llegar más allá de semana 38”. El día que supe que un parto natural no era opción para mí Carlos, con su tono burlón de siempre, volteando a ver a mi esposo decía – después de escuchar todo mi choro de que mi parto natural y que lo único era que no quería que naciera el 5 de abril que es mi cumpleaños – “¿como ves a tu señora? Colega, no vas a llegar a semana 38, vamos a programar tu cesárea en semana 37. Creo que no acaba de quedarte claro lo delicado que fue tu primer parto.” Después de regañarme en consulta, y volver a explicarme que tanto mi hija como yo pudimos haber muerto, acordamos que todos los estudios que me había mandado la primera ocasión en semana 38, los programaríamos para la semana 36 y que me iba a poner el doble de inyecciones de madurez pulmonar. Y así fue, desde la semana 34 estuve recibiendo inyecciones, nueve en total divididas en tres. Para la semana 36 me hicieron ultrasonido y PSS; los resultados de la segunda no fueron del agrado de ninguno de los doctores – ni la doctora que me la realizó ni de mi ginecólogo – porque mi pequeña tenía taquicardias, muy poca actividad y yo ya tenía contracciones altas; así que me volvieron a mandar los mismos estudios una semana después. Casi igual que con mi primer hija, la PSS me la realizaron en martes – las taquicardias seguían y las contracciones aumentaron de intensidad, por lo que en palabras de mi médico “reprobé el examen” – y mi hija nació ese mismo día – martes de nietas como lo bautizó mi papá – con la diferencia de que ella no fue emergencia. Me pude tomar mi tiempo, comer – un pinchurriento sándwich sin queso, una gelatina y un jugo de naranja, deliciosa manera de cerrar un embarazo en el que te dejaban comer de todo porque tenías que subir de peso ¿no creen? -, pasar a ver a mi otra hija, hacer el ingreso al hospital sin correr, en fin todo con tranquilidad. A las 8 de la noche me ingresaron a quirófano, estuve platicando con la asistente de mi ginecólogo y con el pediatra en lo que el anestesiólogo me aplicaba el bloqueo, me ayudó muchísimo a estar relajada. La verdad ambos son personas adorables y, sobre todo al pediatra de mis hijas, le tengo mucho aprecio pues me parece un ser humano formidable y un gran médico.

TE PUEDE INTERESAR:  Pequeño de 4 años está muriendo de cáncer; de pronto despierta y susurra estas tres hermosas palabras.

Mi esposo, a diferencia del embarazo anterior, entró a quirófano con el pediatra y gracias a Dios estuvo a mi lado durante prácticamente toda la cirugía. Recuerdo que el anestesiólogo tuvo que despertarme cuando llegó al quirófano; también recuerdo haberle dicho “hola amor, me estoy durmiendo, por favor no dejes que me duerma cuando nazca Aranza”. Y así fue, cuando mi hija estaba por nacer, tanto él como el anestesiólogo me despertaron. Escuché el hermoso llanto de mi hija (si mamás, es el único día en el que dices que es hermoso, porque es señal de que están bien) y empecé a interrogar al pediatra como si pudiera contestar a todas mis preguntas y revisar a mi hija al mismo tiempo. En el video que tomó mi esposo cuando la están revisando se oye perfectamente mi voz, que parece la de una borracha, preguntando si estaba hinchada, si tenía todos los dedos, si le dolía algo. Me la llevaron para que la conociera y el pediatra empezó a explicarme que el líquido amniótico estaba verde pero que ella estaba bien. Si mamis, nuevamente los perfectos tiempos de Dios hicieron que el gran seguimiento y precauciones que llevó mi ginecólogo conmigo valieran la pena. Mi hija empezaba a hacer popó – el famoso meconio – y, diciéndolo tiernamente, el ambiente intrauterino ya era un poco hostil para ella. En palabras del pediatra, la sacaron justo a tiempo, pues el líquido apenas empezaba a tornarse verde y ella no respiró ni tragó nada del mismo así que sus pulmones estaban bien. Pero si nos dijo que quizá un día más hubiera hecho la diferencia. Tuvieron que mantenerla unas horas en incubadora para asegurarse de que todo estuviera bien; por fortuna así fue, pero por esta razón mi esposo no pudo experimentar el papá canguro con nuestra hija porque era necesario asegurarse que sus pulmones estuvieran limpios – dato cultural, es una técnica que se usa especialmente en bebés prematuras en la que los papás se ponen una faja que les permite sujetar a su bebé contra su pecho, evita que pasen tiempo en la incubadora porque su calor corporal les ayuda a regular su temperatura y a estimular los latidos del corazón –. Esta vez mi recuperación ha sido mucho más rápida. Los entuertos no me han hecho la vida imposible y, si bien no puedo salir hasta pasada la cuarentena, puedo bajar una vez al día. Y entre eso, dos hijas (una que come todo el día y la otra que esta semana está aprendiendo a usar el baño, y obviamente me está dando material para otra publicación), la compañía de mi mamá y poder escribir a ratos, la verdad ha hecho que no me aburra ni un solo día de las tres semanas que llevamos desde que mi pequeña nació.

TE PUEDE INTERESAR:  7 formas de quedar embarazada sin tener relaciones. La #3 es la más común.

Debo admitir que, después de estas dos experiencias en las cuales hubo momentos que me sentí mala madre por no traer a mis hijas al mundo de forma “natural”; pero entendí que si no hubiéramos seguido con la opción de cesárea lo más probable es que mis pequeñas no estarían a mi lado. Aprendí que somos igual de guerreras, a no juzgarme ni dejar que las opiniones de otras mamás que sí pudieron tener a sus bebés por parto vaginal y que satanizan las cesáreas como si fuera un crimen. Sigo agradecida de tener un médico que da un seguimiento que podría ser tachado de exagerado, pero gracias al cual mis dos grandes amores llegaron a este mundo sanas y gracias al cual yo sigo aquí para vivir la vida con ellas.

Aprendí y aprendí mucho, así como aprendí que el no haber podido amamantar a mi primer hija 100% con leche materna no me hizo mala madre, así como el que ahora pueda darle LME a la segunda tampoco me hace mejor. Simplemente me hace una madre que les está dando a sus hijas lo que ellas necesitan. Y lo que necesitan es una madre que esté aquí para ellas, que junto con su papá y su médico hicieron todo lo que se debía hacer para tenerlas con nosotros.

Soy guerrera, soy valiente, soy luchadora, igual que todas las mamás de este mundo.

Y tú, ¿cómo trajiste a tu bebé al mundo?

Loading...
loading...

Comentarios